miércoles, julio 26, 2023

¿Puede frenarse el frenesí turístico? Los vecinos de las zonas más atestadas piden menos visitas

 


MADRID.- En 2022, visitaron Canarias casi 15 millones de personas entre extranjeros y peninsulares, una cifra que Turismo de Canarias prevé —y confía— superar este año. Este sector supone más del 20% del Producto Interior Bruto (PIB) de la comunidad. Es la principal industria.

Lo que no se tiene en cuenta, según el filósofo Marco d’Eramo, autor de El Selfie del mundo: una investigación sobre la era del turismo (Anagrama), es que “aunque el fin del turismo sea tan inmaterial como un atardecer en la Acrópolis, posibilitar este servicio inmaterial requiere una infraestructura tan pesada y contaminante como la industria química: construcción de aviones, astilleros para cruceros, cementeras, carreteras, estaciones de esquí… el turismo es la industria que mueve decenas de otras industrias”. 

Superar cada año las cifras de visitantes implica decisiones como la destrucción del Puertito de Adeje, uno de los últimos espacios del sur de Tenerife libres de cemento. Y es que el archipiélago es finito: su extensión es solo cuatro veces superior a la del municipio de Cáceres, pero alberga 24 veces su población: más de dos millones de ciudadanos. 

En junio pasado, cientos de personas convocadas por una decena de colectivos sociales y ecologistas se manifestaron en Arona (al sur de Tenerife) para pedir una moratoria turística, una ecotasa y una ley de residencia. Es hora de decir basta, repetían.   

A 2.000 kilómetros, en la otra punta del país, la consigna que portan algunos colectivos es la misma: decrecimiento. Asier Basurto, miembro de la plataforma ciudadana BiziLagunEkin de San Sebastián, quiere que cada mes deje de celebrarse el aumento en la afluencia de turistas a la ciudad. 

“Este dogma era incuestionable desde hace 6 o 7 años pero, con lo que está pasando [desde la capitalidad cultural de 2016], gente de todo tipo de color político ha llegado a entender que crecer más no es buena noticia”. Se refiere a datos que describen cómo la vivienda se convierte en más inaccesible y se termina por expulsar a la vecindad. 

Que una plataforma para el decrecimiento como BiziLagunEkin surja en una ciudad cuyo consistorio abandera el llamado turismo de calidad no es casualidad. Pese a que el modelo San Sebastián quede muy lejos del turismo de borrachera, los vecinos también se enfrentan a la ocupación masiva de las calles, el ruido, las basuras, el tráfico o la convivencia con los pisos turísticos.

Asier Basurto sostiene que la denominación “turismo de calidad” no es más que un eufemismo para hablar de un turismo de rentas altas. El aeropuerto de Hondarribia tiene sobre todo “entrada constante de jets privados de ricos que vienen a comer a los restaurantes [de alto standing] de Donostia y la provincia”. Desde luego, el aeródromo ha batido sus récords de vuelos particulares este 2023. 

En la Costa del Sol, el Ayuntamiento de Málaga ha apostado desde los años 90 del siglo XX por el llamado turismo de museos. Allí se ubican, entre otros, el Thyssen, el Museo Ruso, el Picasso, el Centro de Arte Contemporáneo o el Pompidou. En ese contexto, la plataforma de alquiler Airbnb cuenta en el distrito Centro malagueño con 4.778 pisos para alquiler vacacional, frente a tan solo 1.700 viviendas. Hay diez pisos en Airbnb en el distrito por cada niño censado en el barrio.

También en esa web de alojamientos turísticos Málaga resulta ser la ciudad más buscada del mundo para 2023. Y la vivienda de alquiler está por las nubes. Según el portal inmobiliario Pisos.com, la subida del alquiler en la provincia en el primer trimestre fue la segunda mayor de España, quintuplicando la media nacional. 

Es, en palabras de Kike España, “una oportunidad especulativa enorme”. Este malagueño cofundó en 2021 la librería asociativa Suburbia desde el convencimiento de que “las lecturas y la producción de conocimientos son fundamentales para intervenir y para entender el entorno en el que estamos”.

Para España, la operación 'Málaga ciudad de museos' –el lema turístico hasta el año pasado– “ha sido un fraude y un engaño a la ciudadanía”. Pone como ejemplo los proyectos Urban del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), destinados a promover el desarrollo sostenible de barrios en crisis y cuyos fondos, opina, han servido para allanar el camino de la turistificación del Centro en lugar de destinarse a barriadas periféricas. 

Kike España tiene claro que la culpa no es del turista: “Más allá de que la persona sea más o menos respetuosa, estar solamente un día en un sitio, no tener una densidad de relaciones con los vecinos y no conocerlos de nada te hace más despreocupado (...) Lo que para una persona que está un día no es muy grave –poner un poquito más alta la música, hacer un poco más de ruido…– hace que se deteriore un barrio”. 

A quien sí reprocha es al Ayuntamiento por haber destruido el corazón de su ciudad con la mcdonalización de espacios como la calle Larios: “Ahora mismo el centro histórico de Málaga es un parque de atracciones, un decorado de cartón-piedra donde la vida es insustancial, un lugar solamente para el espectáculo”.

Frente a administraciones netamente turistófilas, el Ayuntamiento de Barcelona ha estado los últimos ocho años con Ada Colau al frente haciendo bandera de la regulación (no así del decrecimiento). Ya en julio de 2015 se congelaron las licencias de alojamientos turísticos en una ciudad, Barcelona, en la que hasta los turistas consideran que hay demasiados turistas, según un informe de la UOC.

Aun así, el antropólogo especializado en conflicto urbano José Mansilla reconoce la dificultad de la gobernanza turística en tiempos de redes sociales. “Antiguamente todo estaba basado en campañas de promoción a través de ferias de turismo o de inserción de publicidad en faldones en la prensa escrita o cuñas en la radio. Cuando cada uno de nosotros es un potencial emisor, eso es imposible”. 

El vecino Martí Cusó denuncia que en los últimos años se ha virado hacia un discurso de repartir el turismo en los barrios, que “al fin y al cabo es crecimiento”. Es un problema de ciudad, no un asunto del Gòtic, la Barceloneta o Gràcia.

“El turismo es el rostro del capitalismo”, señala antes de reivindicar iniciativas como la articulación de la Asamblea de barrios por el decrecimiento turístico, que logró que en el barómetro municipal el turismo fuera el principal problema de la ciudad en 2017. Aboga, como el donostiarra Basurto, por un decrecimiento no traumático para la población pero, en todo caso, recuerda que si no ocurre por las buenas, la crisis climática nos estallará en la cara y nos obligará a decrecer igualmente.  

¿Es posible que las administraciones contemplen el decrecimiento turístico con menos miedo? Además de las demandas de la sociedad, la información y la transparencia aportan claridad. El consenso académico va desplazando el concepto de la “capacidad de carga” (los turistas que supuestamente caben en una ciudad; 28 millones en Barcelona en 2019) por el de “límite de cambio aceptable” (el umbral hasta el cual aceptamos que un destino turístico experimente cambios sin comprometer su integridad cultural, ambiental y socioeconómica).

 Estos conceptos son políticos, no técnicos. Por lo tanto, fijar cuántos visitantes queremos debería ser fruto de un debate y una toma de decisiones democráticas entre los actores implicados que están en las antípodas del dogma de maximización de visitas actual. 

En palabras del filósofo Marco d’Eramo, el problema radica en que el turismo está asociado a nuestra idea de libertad. ¿Qué hacer cuando todo el mundo quiere viajar pero nadie quiere turistas? 

Con una circunscripción única, Sánchez no necesitaría a Puigdemont para ser investido

 


MADRID.- El sistema electoral español divide el territorio nacional en 52 circunscripciones electorales, una por provincia más Ceuta y Melilla, y a cada una de ellas le corresponde un determinado número de escaños en el Congreso de los Diputados en función de su población. 

Es un mecanismo que favorece la representación de las provincias menos pobladas porque todas tienen asegurado un mínimo de dos diputados, pero que también recibe muchas críticas: hay quienes denuncian la sobrerrepresentación de los partidos nacionalistas y otros que censuran el exceso de poder que otorga a los grandes partidos nacionales.

¿Pero qué hay de cierto en todas esas críticas? ¿Cambiaría algo el dibujo del Congreso con una sola circunscripción electoral para toda España? Para salir de dudas, 20 Minutos ha realizado una simulación repartiendo los 350 escaños de la Cámara Baja bajo una hipotética circunscripción única, según los resultados de las elecciones generales de este domingo 23J y manteniendo el sistema de reparto que establece la Ley d'Hont. Este sería el resultado:

  1. PP: 120 (-16)
  2. PSOE: 115 (-7)
  3. Vox: 45 (+12)
  4. Sumar: 45 (+14)
  5. ERC: 6 (-1)
  6. Junts: 5 (-2)
  7. Bildu: 4 (-2)
  8. PNV: 4 (-1)
  9. PACMA: 2 (+2)
  10. BNG: 2 (+1)
  11. Coalición Canaria: 1 (0)
  12. CUP: 1 (+1)

Como se puede apreciar, los dos grandes partidos, PP y PSOE, serían los más perjudicados porque perderían 16 y 7 escaños, respectivamente. El PP se mantendría como primera fuerza en el hemiciclo, pero caería de 136 a 120 diputados, mientras que los socialistas pasarían de 122 a 115, en segunda posición.

En el lado opuesto aparecen Vox y Sumar, los grandes beneficiados de la circunscripción única, ya que ambos escalarían hasta los 45 diputados. La formación de Abascal ganaría 12 escaños y la de Yolanda Díaz, 14.

Perderían representación los principales partidos nacionalistas vascos y catalanes porque Junts y Bildu cederían dos diputados, mientras que PNV y ERC entregarían uno. Sin embargo, la CUP, que se ha quedado sin representación tras las elecciones del 23J, lograría mantenerse en el Congreso con un escaño. También el BNG ganaría un escaño y se situaría con dos, mientras que Coalición Canaria mantendría su escaño.

La circunscripción única permitiría, asimismo, la entrada en el Congreso del partido animalista PACMA, que obtendría dos diputados, y dejaría fuera a Unión del Pueblo Navarro (UPN), que el 23J logró un escaño.

Pero más allá de las subidas y bajadas de cada partido, la circunscripción única dibujaría un panorama mucho más esperanzador para Pedro Sánchez que para Alberto Núñez Feijóo de cara a sus posibles investiduras. Mientras que la suma de PP y Vox se quedaría en 165 diputados y Feijóo seguiría incluso más lejos que ahora de la mayoría absoluta (176), a Sánchez sí le darían las cuentas.

De hecho, eliminando las 52 circunscripciones, Sánchez ya no dependería de Puigdemont para ser investido presidente del Gobierno porque al PSOE le bastaría con los votos de Sumar, ERC, Bildu, PNV y BNG para lograr la mayoría absoluta. La ahora imprescindible abstención de Junts, no sería necesaria.

Con la regla del 3% solo quedarían cuatro partidos

En la simulación anterior hemos eliminado la exigencia de alcanzar un mínimo del 3% de los sufragios para poder obtener un escaño. Es una norma recogida en la ley electoral y que se aplica en cada una de las 52 circunscripciones, pero que si se aplicara en una circunscripción única borraría del arco parlamentario a todas las formaciones de ámbito autonómico.

Es decir, desaparecerían del Congreso los partidos nacionalistas porque solo lograrían representación aquellos partidos de ámbito nacional, ya que el umbral del 3% se situó en las recientes elecciones generales en 734.476 votos y el partido nacionalista más votado, ERC, solo alcanzó los 462.883 sufragios.

Aplicando la regla del 3% en una circunscripción única, los 350 escaños de la Cámara Baja se distribuirían de la siguiente forma:

  1. PP: 130
  2. PSOE: 124
  3. Vox: 48
  4. Sumar: 48

Con estas reglas del juego, el gran beneficiado sería Feijóo, que podría ser investido con los votos de Vox al alcanzar los 178 diputados. En cambio, la unión del PSOE y Sumar se quedaría en 172 escaños, a cuatro de la mayoría absoluta.

Vox blinda a Sánchez / Gabriel Albiac *


Sucedió en otra era. Inicio de los años ochenta del siglo pasado. En París, Pierre Bérégovoy, que es entonces ministro de finanzas de François Mitterrand y que será después su primer ministro, conversa con un selecto grupo de periodistas, amigos de la causa. Están inquietos. ¿Por qué la televisión francesa –única y pública en aquel tiempo– fomenta con descaro la presencia de un político tan histriónicamente parafascista como Jean-Marie Le Pen?

Y Bérégovoy deja aflorar esa sonrisa benévola de los que están en el secreto. Y pide discreción a los amigos mediáticos: «Veréis, es una idea genial del presidente. Si logramos que Le Pen suba por encima del 9 por ciento en las generales, la derecha clásica será inelegible. De modo permanente. Haced cuentas». Las hicieron. Era una aritmética elemental. Y mortífera. El todopoderoso gaullismo quedaba excluido del poder, no por un ascenso en flecha de la izquierda. Eso vendría luego. 
 
Quedaba inhabilitado por el pequeño –pero suficiente– porcentaje de clientela que iba a perder por el lado de la extrema derecha del Frente Nacional. Y esa pérdida –y esa inhabilitación– perduraría. Con ella estaría garantizada la continuidad de Mitterrand, en lo que para él fue más un trono que una presidencia. Al cabo, sólo la enfermedad y la muerte rompió esa inercia. Y Mitterrand consumó su anhelo de siempre: ser jefe de Estado vitalicio. Con más poderes de los que ningún Monarca absoluto soñó nunca.
 
Ante Sánchez, parece haberse abierto ahora un proyecto casi calcado sobre aquel de la Francia de los años ochenta. Un azar, que nadie hubiera previsto hace diez años, ha dislocado, a la derecha del PP, una fracción ideológicamente caótica y retóricamente alarmante: Vox. Y esa fracción, administrada con eficacia, puede dejar ilimitadamente fuera del gobierno al centro-derecha español.
 
Ningún historiador reconocerá, en esa amalgama de ocurrencias infantiles y alarmantes grandilocuencias que es Vox, nada que se ajuste bien al concepto clásico de «fascismo». Más bien, si se quiere jugar a las genealogías, estamos ante una especie de hijo no muy brillante del tradicionalismo que pudrió nuestro siglo XIX, paralizando la modernidad española.
 
 Y que hoy debería aparecernos como una muy curiosa pieza de anticuariado. Pero, en política, no cuenta lo que uno es, sino la imagen que de uno puede construir la apisonadora mediática. La de Sánchez es extraordinaria: y el esperpento alzado se llama «Vox = fascismo = verdadero PP». Funciona. Eso demostraron las urnas en la noche del domingo.
 
Disparatado, en rigor. Pero ahí está. Y aquí, aquel «efecto Mitterrand», que Bérégovoy tanto alabó antes de suicidarse con la pistola de su escolta, esa «inelegibilidad» del centro-derecha, está en trance de consumarse. El sistema electoral español suma un plus en el coeficiente voto/escaño a favor de las candidaturas únicas y en perjuicio de las múltiples. Fue el recurso comprensible de una «transición» que buscaba la estabilidad mediante partidos fuertes y la extinción del temido enjambre caótico de los pequeños. 
 
Así, los votos sumados de PP y Vox (que, al cabo, empezó siendo sólo una escisión de descontentos en el partido de Rajoy) hubieran dado una mayoría de escaños bastante cómoda en el parlamento. Mientras concurran dos listas separadas, su posibilidad de sumar mayoría es cero. O casi. Y decidirán siempre los independentistas.
 
No hacía falta ser un genio para entender eso. Es lo que una pareja de asesores áulicos explicó a Sánchez en la madrugada del 29 de mayo, tras el batacazo municipal y autonómico. «Con Vox robando voto al PP, no hay posibilidad alguna de que Feijó sume los escaños suficientes en las generales. Puede que tú no ganes. Pero él tampoco. No tiene alianzas posibles: no podrá gobernar. Tú sí las tienes: Bildu, Esquerra, Puigdemont casi seguro… 
 
Vox hace inelegible a la derecha española. Es una ocasión de oro, sería estúpido no aprovecharla». Sánchez supo escuchar: no era tan complicado como escribir una tesis doctoral. Y el cálculo funcionó: los números siempre funcionan. Hoy, Vox es la garantía de continuidad de Sánchez. Y su coartada para cualquier cosa. Vox blinda a Sánchez.
 
Epílogo para franceses. Cuarenta años después del genial «algoritmo Mitterrand», el partido mayoritario en Francia es –ahora pilotado, modernizado y rebautizado por su hija– el de aquel parafascista loco llamado Jean-Marie Le Pen. El partido socialista no existe. Y la Francia republicana ve, con estupor, la inexorable llegada a la Presidencia de su peor pesadilla.

 

 (*) Filósofo


https://www.eldebate.com/opinion/20230726/vox-blinda-sanchez_130444.html